Tres días
Por Juan Carlos Vasquez
Abro los ojos, me pongo de lado, veo la silueta de Marisa, me alegro
de que nos hallamos reconciliado. Trato de decirle algo pero esta profundamente dormida. De madrugada la oí delirar en un
par de ocasiones. Eran casi las tres de la madrugada. La había observado en infinidad de veces,
nunca me había sentido tan feliz. Al menos he desarrollado una nueva capacidad casi prodigiosa que
me permite hablar de lo que ella quiere mientras pienso en otra cosa.
Anoche traje vodka, aprendió con esta bebida que es
la subida, la crisis, alucinación. La vi sacudir la cabeza. Aunque fingía indolencia no le importaba explicarme que se vomitaría
encima.
Es que la Etamina, Zyprexa y quizá el Dipamine, una coctelera
estupenda cuando menos para hacer un viaje astral. Como nos reímos aunque le temblaba todo el cuerpo se dejo amar. Marisa
y yo al menos hemos padecido diez rupturas algunas por razones muy justificadas otras sin causas aparentes. El primer obstáculo
fue la familia, la segunda amantes diversos, mas reciente una extraña vocación de sacerdotisa casi arruina nuestro amor.
En pijama me reprocho no haberse curtido en caminos
espirituales, anoche la escuche, en tiempos de crisis esto lo aprendes pronto. Han pasado doce horas desde entonces y ella
sigue descansando, pronto todo se repite. Despierta, me abraza. Otra vez me veo siguiendo sus pasos por un laberinto de pasillos.
Luego dormir con la radio encendida. Recuperar algún tema de discusión. Que mis hábitos, que sus hábitos, que soy un desorganizado.
Incapaces de buscarle soluciones a eso nos besamos.
Anoche a su manera salimos de la rutina, mientras la
vi alejarse hacia el cuarto tenia un clamoroso pánico del futuro, empuñaba la botella de vodka y una jeringa casi se le salía
del pantalón.
Ignoro lo que haría en aquellos minutos. Ignoro si
debía acompañarla. Que mas le contaría si todo se lo había contado. De la enfermedad, de los ingresos, del cajón abarrotado
de pastillas, porque nuestras vidas habían sido una montaña rusa, subiendo, bajando, perdiendo trabajos, buscándole justificación
a mis viajes sin fecha de retorno. Desde el salón la escuche cantar, luego tiro algo contra el piso y me llamo. Al ver que
no iba me pregunto si con el tiempo resultaríamos favorecidos. No se a que se refería. Entonces volvió a cantar.
Anoche me acosté y la vi con sus ojos semiabiertos rasgándose la cara. Tenia
un motor de inyección que gobernaba su decisión. Viajaba como siempre, ella hacia y deshacía yo la miraba tratando de entender
todos sus gestos.
-¿Cuanto tiempo ha pasado desde aquella noche? -
Ya no pierde peso, ya no me dice nada, se le fue mitigando
el hambre en forma paulatina. Ya no hay excursiones secretas al refrigerador. Su cuerpo pesado, amorfo, desajustado, pero
no tengo instrumentos para hacer nada.Un día mas un día menos según se mire.
Siento deseos de abrazarla, de acariciar su cabello,
reparar nuestra intimidad. He vuelto a reír duro. No se si lo suficiente. Hurgo en mi memoria un dicho, una cita, algo que
la haga reír, me siento, me planto a beber, me emociona tanto el trago que pongo música. Me demoro en decir algo al pensar
pero se lo digo gritando y uso una de sus pastillas buscando estrategias. Me causa temor el que no hable nada entonces no
puedo mas y la toco, la tomo por un brazo y la empujo hasta colocarla boca arriba.
No me reconoce, se ha encerrado, no quiere ningún contacto con el exterior. Si me lanzara una silaba
no la molestaría mas pero no lo hace, le reprocho.
-¡Que siempre colaboro!- insisto en molestarla para
que reaccione. Le pido nuestros ahorros. Marisa puede decir misa pero igual despilfarra. Inventara algo. Como yo escribo poesía
aquella vez me dijo que la música también era poesía, me mostró un pentagrama
con una encadenación de notas y salio corriendo para comprar un piano. Una semana sin comer, . Allí comenzó otro de los tantos
episodios desfavorables que no quiero repetir. Cuantas veces lo hice.
Ahora estaba seguro de lo que deseaba. Rápido me puse
de su lado y la abrace explicándole que ya no me iría. Nunca me había prohibido nada y la única forma que tenia de vencer
un pecado es ceder ante ellos y ya yo había cedido ante todos como Marisa. Ahora mi única tentación era su amor y su cuerpo.
Afuera empezaba a escucharse agitación, el ruido de
los motores de los autos. Cuantos estarán en la misma confrontación. Yo quería elaborar un nuevo proyecto de vida por eso
utilizaría todo el tiempo necesario para analizar mi relación con Marisa. Ninguna teoría de la vida me parecía tan interesante
comparada con la vida misma.
Se que muchas veces la he molestado pero siempre nos
hemos puesto de pie y hemos recorrido los caminos juntos, mientras pienso una aguda punzada me atraviesa, me hace temblar.
De repente brota una bruma de lagrimas, abro mi mano y la pongo sobre su espalda, la frialdad me asombra, un aleteo me perturba
en los oídos. Ella que siempre tuvo una temperatura tan alta.
El color escarlata de sus labios se disipa y se torna oscuro entonces acerco mis labios a sus labios,
la levanto, la vuelvo a poner sobre la cama, difícilmente puedo sacarla de su posición. Le quito la ropa, la cubro con las
sabanas, la peino con mis dedos. Trato de reparar el descolor de sus labios pintándolos.
Poco a poco fui sintiendo una risa surgir desde lo
mas profundo de mi estomago, me puse a jugar con un largo cortapapeles que tenia forma de caparazón de armadillo. Comenzaba
a preguntarme hasta que punto resistiría. La puesta del sol alumbraba de un dorado extraño las ventanas superiores de la casa
y me sentía totalmente feliz. Bastaba que volteara, observar a Marisa mientras sacaba un cigarro de la pitillera. Las hojas
secas comenzaban a caer con la brisa y la incertidumbre junto a una risa nerviosa
hacían una ilusión que trataba de descifrar.
Marisa tenia las orejas tiesas con las puntitas negras.
En aquel momento por primera vez vi mas allá de la vanidad, de la farsa, de la estupidez, del vacío. Me había dado cuenta
del profundo amor que sentía por Marisa. Empecé a retroceder, empecé a sentirme agotado, seguro de no haber logrado nada.
Trate de pensar que cuando se tiene una experiencia inquietante la mente hace toda clase de malas pasadas. Pude distinguir
mi ira. Marisa y su inmovilidad la habían provocado. Marisa y su diario cotidiano. Ese corto y delgado hilo que divide un
amor grandioso de lo cursi, la cabeza me daba vuelta y sentí un mareo acompañado de nauseas. Recorrí la habitación con la
mirada. Arrugue la nariz al oler un aire mohoso y viciado, mientras recuperaba recuerdos el calor se incrementaba, la gordura
de su rostro. Centrada en el techo ¿que veia?.
Notaba una nube de
desesperación suspendida. Era demasiado doloroso. Esta vez la sacudí mas fuerte. Le hable durante mas de dos hora sin
detenerme. De la primera carta, de los poemas, de las mezclas. Su elección a mi entender era simple pero quería convencerla.
Estaba obligado a escuchar algo de sus propios labios, le grite, le exigí con mas fuerzas sacudiéndola por enésima vez con
tal violencia que cayo de la cama. La cabeza me daba vueltas, respire con dificulta, mas bien resollaba. Sentía que se agotaban
todos los tiempos. Horas en que me sentía mas débil de tanto insistir en sus señas y me tambalee hacia atrás y el calendario.
Tres días después
no concebía un solo minuto mas. Examine mi aspecto, temblaba, Marisa estaba unida a mi existencia, mi ensueño transcurrió.
Corríamos juntos y nos acercábamos de prisa. Ella se iba descomponiendo en su recorrido, planteándose nunca mas ponerse en
cuerpo entonces mi carrera bajaba de intensidad hasta quedar en medio esperando un diagnostico.
Haciendo guardia creí escuchar voces y ver una sombra
que correteaba. Algo que le devoraba la piel. Aquel silencio fue substituido por un sonido extraño, un hervir, como si miles
de organismos minúsculos y pegajosos lucharan por un bocado dentro de sus ojos arrancándole la ultima mirada.